Si tú también te preguntas por qué el Protector Solar Facial Antiedad SPF30 de Como Como Foods tiene color, tengo para ti una respuesta corta y una un poco más larga, pero estupendamente argumentada, claro.

La corta:

Los filtros físicos sin nanopartículas son como una pintura blanca. Para evitar que parezcas una geisha, añadimos un puntito suave de color que al cabo de unos minutos, se integra perfectamente con la mayoría de tonos de piel.

Ahora vamos con la larga.

Formular un protector solar mineral ecológico que resulte agradable de usar en el día a día es todo un desafío. Cuando se trabaja exclusivamente con filtros minerales no nano, el acabado cosmético cambia muchísimo respecto a los solares ultrafluidos convencionales.

El problema cosmético histórico de los filtros minerales

El óxido de zinc y el dióxido de titanio —los dos principales filtros minerales utilizados en fotoprotección— son partículas minerales blancas. Y cuanto más alta es la protección —especialmente frente a UVA— más difícil resulta conseguir que desaparezcan completamente sobre la piel.

El problema, por consiguiente, es que generan una cierta pátina y, en determinadas concentraciones, pueden producir ese efecto máscara blanquecino tan característico y tan geisha.

Probablemente por eso, la cosmética moderna ha terminado convirtiendo la invisibilidad en un objetivo prioritario. Nos hemos acostumbrado a que un protector solar “bueno” sea aquel que apenas se nota, que sea ligero, transparente, sin residuo visible y compatible con cualquier rutina cosmética o maquillaje.

Gran parte de esa evolución cosmética ha sido posible gracias al desarrollo de filtros químicos modernos y tecnologías como las nanopartículas —versiones ultrapequeñas del propio filtro mineral— capaces de conseguir acabados mucho más imperceptibles sobre la piel.

Pero parte de esa tecnología sigue generando bastante debate científico y toxicológico en la literatura más reciente, especialmente cuando hablamos de exposición acumulativa, absorción sistémica o nanopartículas.

Por eso nuestra filosofía pasa por el trabajo con estándares ecológicos certificados, que exigen exclusivamente filtros minerales y sin nanopartículas.

El “peaje cosmético” 

Decidirse por filtros minerales no nano implica aceptar ciertas limitaciones cosméticas: más presencia sobre la piel, algo más de textura, y más dificultad para conseguir ese acabado ultraligero.

Y sí, como usuaria, claro que también me importa cómo se ve un protector sobre la piel. Me importa que resulte agradable, que no deje un acabado excesivamente pesado y que pueda convivir bien con él día a día. Porque además entiendo que la adherencia también forma parte de la fotoprotección. Un protector solar solo funciona bien si realmente tienes ganas de usarlo todos los días.

Pero prefiero asumir esa pequeña renuncia antes que alejarme de lo que siento seguro para mi piel.

El solar con color

Paliar ese efecto máscara característico sin recurrir a nanopartículas ni a los filtros químicos implica trabajar muchísimo la dispersión y la integración de los propios filtros minerales para conseguir acabados más finos y uniformes. Y una de las estrategias posibles para ayudar en ese proceso es incorporar pigmentos de color minerales como los óxidos de hierro.

No porque el color sea imprescindible ni porque un solar mineral necesite obligatoriamente pigmento.

Es una herramienta dentro de la formulación para ayudar a compensar visualmente parte del tono blanquecino natural de los filtros minerales y conseguir que el acabado resulte más uniforme en algunas pieles.

Los óxidos de hierro 

Los óxidos de hierro aportan además otra ventaja interesante: ayudan también frente a parte de la luz visible, especialmente la luz azul-violeta de alta energía, implicada en fenómenos de pigmentación como melasma o hiperpigmentación postinflamatoria.

Hoy sabemos que el fotoenvejecimiento no depende únicamente de UVB o de la quemadura solar visible. La radiación UVA, el estrés oxidativo y parte de la luz visible participan también en procesos relacionados con pigmentación, inflamación y degradación dérmica acumulativa.

Y aunque el impacto de la luz visible y la luz azul está muy lejos de ser comparable al de la radiación solar UV, la literatura científica más reciente sí sugiere que también pueden participar —especialmente de forma acumulativa— en fenómenos de pigmentación y estrés oxidativo. Al final, hablamos de exposiciones muy cotidianas, como horas frente a pantallas, trabajo en interiores, iluminación artificial o luz ambiental diaria.

El color está ahí, pero no se nota

Una vez te apliques el protector solar, ocurrirá lo siguiente:

  1. Durante los primeros 2 minutos (no cronometrados, es una forma de hablar) sí notarás el color. Eso te ayudará, de hecho, a aplicarte bien el protector por toda la cara, cuello, orejas, etc.
  2. A medida que la fórmula se asiente, los pigmentos se integrarán con el tono natural de la piel y el acabado se volverá más uniforme que realmente cubriente, con un punto unificador fantástico. Es decir, no vas a notar demasiado (ni tú ni nadie) que lo llevas puesto.
  3. Si tienes la piel con tendencia grasa o vives en un clima húmedo, bastará con que des pequeños toques en la parte que pueda quedar más brillante con un trocito de papel higiénico, papel de cocina o papelitos absorbentes para brillos.